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miércoles, 2 de enero de 2013

Ondas

Buenas, queridos lectores. Primera entrada del año 2013, espero que estéis pasando unas felices fiestas. Vengo a contaros una reflexión que tuve hace un par de semanas

En un día de invierno, con su característico frío y el cielo sirviendo a las numerosas nubes de camino en su caprichoso trayecto, me encontraba dando un paseo por el campo.
Había llovido hace unos días atrás, mientras andaba oía el ruido del suelo embarrado dándome la bienvenida a cada paso que daba a la tierra donde pequeño jugaba con la familia; el olor a tierra mojada, el silencio quebrado por algún graznido de un ave, ya sabéis; esas cosas nimias que todas juntas pues le hacen a uno pensar.


En uno de mis caminatas observé un charco formado por las lluvias; me quedé parado, viendo el reflejo del cielo en este.
Me agaché y cogí dos pequeñas piedras.

Me quedé un rato mirándolas, juntas en mi mano derecha, y después las lanzé a la vez al charco. Al tocar ambas el agua del charco formaron eso que llamamos "ondas", llegando a todos los recovecos de éste e incluso chocándose las ondas de una con las de la otra piedra; entremezclándose y produciéndose a su vez otras llegando a otros rincones del líquido en la tierra.

Todos sabeis qué parte viene ahora, ¿no? Exacto, ese momento en el que comencé a relacionar las cosas más simples, puras y naturales de la vida con nosotros mismos y nuestros actos.
Llegamos a parar a un mundo donde nuestros actos y la mera existencia de nuestro ser provoca unas consecuencias o "ondas" que van a parar a cualquier lado, llegando a la orilla.
Pero, lo mejor de todo, es ese momento en el que tus ondas se encuentran, chocan, entremezclan con las de otra persona; donde...el destino ha querido que se creen otras nuevas a partir de ellas y que lleguen juntas a un destino común.

Por eso hay que "moverse" en esta vida, no te estanques esperando a que unas ondas te encuentren porque así lo único que ocurrirá es que caigas al fondo, solo, como las demás piedras.

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