Esto lo tengo bastante abandonado, y no es para menos; exámenes, vida social, juegos, y otras cosas por el estilo roban todo mi tiempo (y mis ganas, he de admitir) de ponerme por la noche en mi cama a escribir. Acabo "reventado", en definitiva.
Sin embargo...
El otro día estaba en el campo dando una vuelta por el camino, recordando momentos y dejando que el aire rural acariciara mi piel de forma suave mientras observaba allá en la lejanía cómo el Sol se despedía de mi con un anaranjado adiós.
A lo lejos divisé el humo, probablemente de una hoguera, que no hizo más que agudizar mis sentidos emocionales, imaginándome el olor a leña y el reconfortante calor del fuego.
Mis únicos oradores en ese momento eran las suelas de mis zapatos andando sobre la tierra que me vió crecer tiempo atrás.
Sonreí.
Me puse a pensar en ella, en por qué me gusta; por qué su imagen pasa como un flash por mi mente dibujando una sonrisa en mi rostro.
Su piel, tersa, emanando calor; sus labios suaves, rosados, pidiendo a gritos un "cállame ya, tonto" o su pelo suave y sedoso como la mejor de las telas egipcias. Y todo ello contando con un único sentido del ser humano, el tacto; ya me desvanezco en un mar de sensaciones.
El tacto. Siempre sentí fascinación por el llamado Sistema Braille, en cómo el tacto te puede proporcionar información y cómo interpretar esos datos en tu mente, abriendo un infinito abanico de posibilidades a la imaginación. Esos puntos que te cuentan algo y que abren tu mente a un nuevo paso.
Se me vino a la mente entonces su pequeño lunar, ese que me encanta que lo tenga y no sé bien ni por qué, simplemente me gusta. Ese puntito.
Quizás es porque, en esos puntos que nos gustan tanto de esa persona y que no sabemos por qué; hayamos descubierto un nuevo sistema de comunicarnos.
Al fin y al cabo, ¿quién no nos dice que en ese pequeño lunar estén escritas palabras tan bonitas como "amor" o "ternura"? Gustándonos aún más, descifrando un nuevo código; dándole un significado más profundo (si cabe) a una persona querida. Volverse a reenamorar día a día.
Entonces, querido lector/a; ¿cómo no puede uno enamorarse si para lo que está hecho es para amar, para ver de lo ordinario en alguien algo extraordinario? Es más fácil pedirle al Sol que dejase de brillar.
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