Resulta placentero el poder sentarse debajo de la sombra de un arbol mientras uno se limita a depurar sus pensamientos, limpiar el alma con los tenues rayos de sol que atraviesan las hojas del arbol mientras tienes la ocasión de contemplar un tranquilo campo de trigo, en silencio.
El viento mece las plantas haciendo que se muevan de una forma hipnótica, como una gran sábana amarilla o el oleaje del mar, un mar terrestre; notando el aire rozar por tus mejillas.
¿Nunca has sido testigo de cómo el aire cobra la voz a través de los campos de trigo? cómo las espigas chocan unas con otras, eso; querido lector, es música para los oidos.
En cierto modo me gusta pensar que nosotros somos como el trigo, que la vida (o algo, llamemoslo X) nos ha colocado ahí, que nuestra semilla no desaparecerá con el tiempo sino que de ellas naceran nuestros retoños; que, incluso haya aire, permaneceremos de pie y cantaremos cuando ocurra eso, como lo hacen las espigas.
Es posible que pienses, querido lector, que soy un tanto abstracto o rebuscado al pensar en todo eso con solo ver un simple campo de trigo.
Bueno, son en esas ocasiones en las que uno no percibe las cosas con los ojos, sino con el corazón.

No hay comentarios:
Publicar un comentario